Homenaje a mi mejor maestro

Biblioteca Municipal de Astorga recortada

Desde el advenimiento de la democracia, y ya va para “40 años”, se mantiene un permanente debate sobre la educación (ver ¿Realmente nos preocupa la educación?), pero se habla muy poco de los maestros, esos profesionales tan poco valorados, y que, en definitiva, a pesar de las leyes, los recortes y de otras muchas cosas, son los encargados de formarnos, de transmitirnos valores, de hacernos amar u odiar asignaturas, de generar respeto y admiración (o todo lo contrario) y que pasan por nuestras vidas sin pena ni gloria o permanecen en ellas para siempre.

Hoy es el momento de hablar de uno de los míos. El que me ha dejado una huella más profunda y a quien le debo muchas cosas, que he ido descubriendo y valorando a medida que voy completando mi periplo vital. Alguien a quien, a pesar de haber pasado ya varias décadas, sigo recordando con un gran cariño y admiración.

Estamos en la década de los 70, en una pequeña ciudad del norte, de una España donde todavía no había democracia. Eran las 9:50h de un día soleado a primeros de septiembre. Teníamos nueve años y todos estábamos en el patio, reencontrándonos después de las vacaciones veraniegas, nerviosos y expectantes por saber quién iba a ser nuestro maestro y si seguiríamos, o no, en la misma clase junto a nuestros amigos. Todo se iba a saber enseguida.

Sonó un silbato y nos fuimos colocando en filas a medida que nuestros nombres iban sonando. De este modo, quedamos asignados a diferentes grupos. Y a cada grupo, que era una clase, le correspondía un maestro. Me llevé un gran alivio al ver que no me había tocado la de uno de los más veteranos y que tenía fama de mal carácter y de pegar a los alumnos, aunque en ella estaban algunos de mis amigos, con los que me hubiera gustado compartir curso.

Después del desconcierto inicial, comprobé que no conocía a la mayoría de mis nuevos compañeros ni tampoco al maestro. Me había tocado la clase de Don José, nuevo en la ciudad y también en el colegio.

De entrada nos llamó la atención su edad y su atuendo, que nada tenían que ver con los del resto. Era el más joven (recién salido de la escuela de Magisterio), llevaba barba (era el primero que lo hacía) y vestía como cualquier chico de su edad. Nada que ver con la vestimenta, mucho más formal, del resto.

Entramos en nuestra aula, nos sentamos y cada uno de nosotros se presentó al resto. Era la primera vez que lo hacíamos. Agrupamos las mesas en islas y nos colocó en grupos. Tampoco habíamos estado así dispuestos antes. Además, cada grupo debía elegir a su responsable, que sería el encargado de representar al resto de sus compañeros y de hacer las propuestas de actividades, cambios y mejoras. Este puesto era rotatorio y podía ejercerlo cualquier miembro del grupo si era votado. Eran unas de tantas novedades como iríamos experimentando a lo largo del año.

A partir de ese momento comenzamos un curso que, aunque todavía no lo sabíamos, recordaríamos toda la vida. Un curso del que nosotros seríamos los protagonistas y que, por primera vez, se basó en el respeto hacia nosotros mismos, hacia los compañeros y, por supuesto, hacia el maestro. Un curso en el que aprendimos lo que era ejercer la autoridad y no el poder, en el que las cosas se solucionaban hablando y no discutiendo o pegándonos. En el que el liderazgo y el compañerismo se fomentaban y desarrollaban cada día, en el que los más adelantados ayudaban y apoyaban al resto. En el que, sin darnos cuenta, como si fuera un juego, aprendimos e hicimos muchas cosas que ninguno de nuestros compañeros de otras clases harían, ni ese curso ni, probablemente, nunca.

Dedicamos muchas horas a leer en alto. Disfrutábamos haciéndolo y comentando lo leído después. Nunca olvidaré la lectura de Robinson Crusoe y cómo todos esperábamos el momento de saber qué le había pasado al pobre Robinson y si él y Viernes conseguirían salir de la isla en la que estaban atrapados.

Editábamos un periódico en el que todos participábamos en su redacción, edición y venta y en el que cada uno tenía un papel que desempeñar. Empezábamos a conocer, porque muchas veces, mientras trabajábamos, escuchábamos sus poemas musicados, a autores como García Lorca, Arcipreste de Hita, Gabriel Celaya, Antonio Machado, José Agustín Goytisolo, Rafael Alberti, Georges Brassens… Algo totalmente inusual en aquellos años.

Con estas y otras muchas actividades consiguió que todos igualáramos bastante nuestro nivel de lectura y escritura, ya que la variada procedencia de cada uno de nosotros había mostrado al principio grandes diferencias. Y, lo mejor, que muchos de nosotros nos aficionáramos a leer, a ser curiosos, a hacernos preguntas y a buscar las respuestas en los demás y en los libros.

Nuestra educación se completó con salidas al campo los sábados por la mañana, en las que nos enseñaba los nombres de los animales y las plantas, en las que compartíamos la comida y la bebida y en las que siempre se transmitía un profundo respeto por la naturaleza. Y con diferentes actividades que realizábamos en una pequeña habitación que nos dejó utilizar en su también pequeña vivienda.

Los resultados finales de toda la clase fueron mejores que los del resto de los cursos, donde siempre existían grandes diferencias entre los más aventajados y el resto. Y el resto, era la mayoría.

Nunca se me hizo tan corto un curso y, cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos ya terminando junio y muy próximos a iniciar nuestras vacaciones, preludio de un nuevo curso.

Para nuestra sorpresa, Don José nos anunció que no seguiría en el colegio y que continuaría su trayectoria en otro lugar. Para muchos de nosotros fue una noticia muy triste y que no entendimos. Cómo era posible que nuestro querido maestro se fuera y nos dejara. A todos nos hubiera gustado tenerlo con nosotros hasta el final de nuestra educación general básica. Pero no pudo ser y, la mayoría, nunca volvieron a verlo. Yo sí tuve la suerte de hacerlo una vez más, unos años después, y de ir sabiendo algo de su vida. Se casó con una chica de la ciudad y sus padres conocen a los míos.

Lo que hizo que este hombre se convirtiera en mi mejor maestro (no soy el único que lo piensa) no fueron sus conocimientos ni su prestigio. Lo que él nos dejó es que debemos amar lo que hacemos, tener claro que se consiguen mucho mejores resultados sirviendo que imponiendo y mandando, que el respeto y la educación son dos valores esenciales, que hay que fomentar la curiosidad y el amor por el conocimiento, y, en definitiva, que hay que tratar de sacar lo mejor de cada uno, aunque al principio parezca casi imposible y contemos con pocos medios. Todo ello desde la más absoluta coherencia con sus palabras y sus obras. Por eso Don José era un maestro.

Por éstas y muchas cosas más Don José, yo te doy las gracias y te brindo mi más sincera admiración y mi más profundo respeto.

a.

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Publicado el 7 julio, 2013 en Aprendizaje, Educación, Innovación y etiquetado en , , , , . Guarda el enlace permanente. 6 comentarios.

  1. Entrañable relato Angel. Yo también guardo un grato recuerdo de unos de mis maestros. Concretamente de D. Alberto, que me dió quinto de E.G.B., también en esa ciudad del norte de España que dices. Le gustaba mucho hacer trabajos de madera y no me olvidaré nunca de un día que nos enseñó a hacer peonzas. No tenia nada que ver con la escuela, pero era algo tan inusual ese tipo de deferencias con los alumnos, sobre todo teniendo en cuenta que no era un maestro joven como el tuyo, si no de la vieja escuela, ya avanzado en edad. Pero, ese día se rompió esa distancia inflexible que había entre alumno-maestro. Es uno de esos recuerdos que te quedan para siempre en el recuerdo de la infancia. Un saludo Angel.

    • Ángel Álvarez

      Gracias Luis, por compartir tu experiencia con esos maestros que nos han dejado huella.
      Recuerdo perfectamente a Don Alberto y a su afición a los trabajos manuales. Yo también lo tuve en quinto. Y, aunque, como comentas, era algo que no formaba parte del currículo escolar, le gustaba compartirlo con nosotros. En mi caso, recuerdo que hacíamos trabajos con poliespan, un material con el que, por aquel entonces, no era nada corriente trabajar en la escuela.
      Creo que hemos sido muy afortunados de haber tenido maestros como éstos. Un abrazo

  2. A pesar de que “en aquellos años había menos luz en esa calle, un resquicio alumbraba mucho más que la luz que hay hoy en día.”

    • Ángel Álvarez

      Y la suma de esos resquicios, que han conformado y conforman personas como Don José, es la luz que, año tras año, era tras era, ilumina el mundo. Ojalá nosotros podamos también formar parte de ella.

  3. Ricardo Pinilla

    Precioso y entrañable relato, reflexión y testimonio. Esos maestros, esos espacios de confianza, descubrimiento y esperanza que contagian y crean; luego para muchos son un bonito recuerdo, pero no caigamos en esa falacia, y en ella no cae desde luego este artículo. Son algo muy vivo que, más allá del recuerdo debe hacernos pensar sobre lo que merece y no merece la pena, sobre cómo vivir y como acaso se puede vivir, sin vivir de verdad. El secreto de esos maestros acaso era que ellos también descubrían al mismo tiempo, se la jugaban cada día al descubrir con pasión a esos poetas, esa historia, ese análisis gramatical o ese problema de física. Lo que, para ellos, estoy seguro, también será un recuerdo imborrable y vivo. A veces, creo, nos daría miedo invocar a esos Don Josés… dónde están, qué habrá sido de ellos. No importa, pues eso que aconteció, acaso como las historias del amor y la verdad, es oro puro, es presente imborrable. Eso es enseñar, regalar una presencia que nos ha de acompañar en otros escenarios, eso es educar.

    • Ángel Álvarez

      Cuánta reflexión y sabiduría en tus palabras, Ricardo. Y cuánto reconocimiento a esos anónimos maestros que nos han ayudado tanto a ser quien y como somos. Y tú, que eres uno de ellos, sabes muy bien de lo que hablas.

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